Maestro zen le explica la muerte a niña de 7 años

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La paradoja esencial de nuestra existencia es que probablemente el sentido de la vida sea la muerte. Los filósofos de la tradición platónica, siguiendo el ejemplo de Sócrates, creían que la filosofía era fundamentalmente el arte de saber morir, de seguir la propia conciencia y separarla del cuerpo y de las ilusiones materiales. El amor a la vida es dejarla ir. Eros y Tánatos: el amor a la sabiduría es el deseo de conocer la muerte: una eutanatología. Tal vez porque, como señala el místico alemán Jacob Böhme, “Si renuncias al mundo, llegas a aquello a partir de lo cual se ha hecho el mundo”.

La mayoría de las tradiciones religiosas y filosóficas conciben a la muerte como la posibilidad inminente de regresar al conocimiento de la fuente de nuestra existencia, la única forma de solucionar –en una disolución– el predicamento de las grandes preguntas “¿quiénes somos?”, “¿de dónde venimos?”, “¿a dónde vamos?”. Las tradiciones difieren en algunos aspectos particulares de sus enseñanzas, pero generalmente coinciden en que en la muerte se nos presenta la posibilidad de revelar y realizar el propósito de nuestra existencia, de regresar de alguna manera a casa, ya sea a la nada o al todo, a Dios, al Espíritu Universal, al Ser Absoluto, según se le llame. Decía Sócrates que una vida no examinada no merece vivirse y, en sintonía con su filosofía, la examinación profunda de la vida nos remite necesariamente a la meditación sobre la muerte –no tanto porque sea el opuesto sino porque es su destino, a una irresistible atracción por su misterio, la posibilidad de que nuestro ser sea más que un breve, solitario e irreal parpadeo en un inmenso e inerte universo.

Todo esto puede convertirse en una reflexión bastante grave y sombría, pero meditar sobre la muerte puede también ser una fuente de enorme alegría y ligereza y liberación. Para esto pocas personas mejores que los monjes budistas –que en su desapego suelen encontrar un caudal de serena felicidad. Y, también, suelen simplificar las cosas, con una claridad diamantina que lo mismo dilucida un niño que un adulto (a quien, si acaso, le puede costar un poco más desaprender para ver lo esencial). El siempre oportuno blog Brain Pickings recoge algunos fragmentos del libro Dropping Ashes on the Buddha: The Teachings of Zen Master Seung Sahn, donde se relatan una serie de conversaciones sostenidas por el monje zen Seung Sahn Soen-sa. En una de ellas, Soen-sa le explica a una niña de 7 años llamada Gita la naturaleza de la muerte a propósito del fallecimiento de su querido gato.

“¿Qué le sucedió a Gati? ¿Dónde fue?”.

Soen-sa dijo: “¿De dónde vienes?”.

“De la panza de mi mamá”.

¿”De dónde viene tu mamá?” Gita permaneció en silencio.

Soen-sa dijo: “Todo en el mundo viene de la misma sola cosa. Es como en una fábrica de galletas. Se fabrican diferentes tipos de galletas –leones, elefantes, casas, personas. Todos tiene diferentes nombres y formas, pero todos están hechos de la misma masa y saben igual. Así todas las cosas diferentes que ves –un gato, una persona, un árbol, el Sol, este piso– son en realidad lo mismo”.

El diálogo sigue y Soen-sa explica muy en el tenor del conde Korzybski (“el mapa no es el territorio”), que las cosas no son las palabras con las que se describen. Llega el momento del koan:

“Así que si alguien te dice ‘¿Qué es Buda’, cuál sería una buena respuesta?”.

Gita se mantuvo en silencio.

Soen-sa dijo: “Ahora tú pregúntame”.

“¿Qué es Buda?”.

Soen-sa tocó el piso.

Gita rió.

Soen-sa dijo: “Ahora te pregunto a ti: “¿Qué es Buda?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué es Dios?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué es tu mamá?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué eres tú?”.

Gita tocó el piso.

“¡Muy bien! Eso es de lo que todas las cosas están hechas. Tú y Buda y Dios y tu mamá y todo el mundo son lo mismo”.

Gita rió.

Soen-sa dijo: “¿Tienes más preguntas?”.

“Todavía no me has dicho a dónde fue Gati.”

Soen-sa se acercó, la miró y le dijo “Ya entendiste a dónde”.

Gita dijo: “¡Oh!”.

Tal vez es una versión un poco lite de la escatología y la ontología (estilo Alan Watts), pero no por ello menos verdadera. Si queremos hacerlo un poco más intelectual y conceptual, podemos hablar del fondo universal del Ser, autohipostático, que engloba al ser de todos los seres; en las cenizas danzan innumerables budas… pero no es necesario, es más útil de hecho comprenderlo con una imagen,  en el silencio.

En otra parte Soen-sa habla sobre la mente vacía: “Deshazte de toda opinión, gusto o disgusto, y sólo mantén la mente que no sabe. Tu mente antes-del-pensamiento, mi mente-antes-del-pensamiento, todas las mentes-antes-del-pensamientos, de todas las personas, son iguales. Esta es tu sustancia, mi sustancia y la sustancia del universe se hace una”.

Lo más importante de toda parece ser todo lo que ocurre en el entendimiento cuando uno medita sobre la unidad de todas las cosas: en este principio se resuelven todos los enigmas en una misma fuente. Como dice la Tabla Esmeralda, que es también una fórmula filosófica alquímica para purificar el alma y separarla del cuerpo:

En verdad, sin mentira y ciertamente:

Lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa.

Así como todas las cosas han sido hechas, así proceden de uno, por la meditación de uno, también todas las cosas nacen de esta cosa única por adaptación.

Coinciden aquí dos principios que son uno: que dentro de nosotros se encuentra el Ser universal, pero que para tomar conciencia de él es necesario negar nuestro ser individual, negar la mente que surge después del pensamiento y separa entre sujeto y objeto, entre nosotros y el universo, la mente que cree conocer lo otro, las diferencias. Dice el filósofo Ananda K. Coomaraswamy, siguiendo la doctrina védica:

Eso que en “nosotros” es el Espíritu, y eso que en nosotros no es el Espíritu, se distinguen y se contrastan tajantemente; siendo el Espíritu eso que queda “cuando se han eliminado todos los demás factores de la personalidad compuesta de “identidad-y-apariencia”, o de “alma-y-cuerpo”.

Agrega: “Ésta es exactamente la doctrina de Dionisio [El Aeropagita]. ‘Cada uno debe entrar dentro de sí mismo y descubrir así Algo que es su verdadero Sí mismo y que sin embargo no es su sí mismo particular… Algo que no es su individualidad, que está dentro de su alma y sin embargo fuera del él”. Esta es la oportunidad que supone la muerte: la negación de la individualidad para abrir brecha para el surgimiento de la universalidad, la realidad que es lo que queda cuando nos despojamos de todo lo que no es esencial e imperecedero.

Twitter del autor: @alepholo

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